Continuamos donde la escena quedó suspendida, con el teléfono esperando sobre la mesa y el destino de Beto a punto de definirse.
Tres de la mañana. El cuarto seguía igual de oscuro, igual de frío, igual de pesado. El Gordo se había quedado dormido en el sillón, con la boca abierta y un ronquido que vibraba en el piso de cemento. El otro hombre, el de los ojos de buitre, seguía despierto, velando como un centinela.
El Licenciado empujó el teléfono un poco más cerca de Beto.
—El tiempo corre, Roberto. Las horas no esperan a nadie.
Beto miró el aparato. Sus manos estaban atadas detrás de la silla, pero el Licenciado hizo una seña y el hombre silencioso se puso de pie. Caminó despacio, con pasos que no hacían ruido a pesar de sus botas pesadas. Llegó detrás de Beto y le cortó las cuerdas de una sola tijeretazo.
El alivio fue inmediato. El entumecimiento se convirtió en hormigueo, y el hormigueo en dolor real cuando la sangre volvió a circular por sus brazos. Beto se masajeó las muñecas, mirando las marcas rojas y moradas que las cuerdas habían dejado.
—Llama —ordenó el Licenciado.
Beto tomó el teléfono con manos temblorosas. No fue un temblor de miedo solamente. Fue un temblor de las dos cosas que luchaban dentro de él: el terror de lo que estaba viviendo y la rabia contenida de haberse metido en ese lío.
Recordó el día que pidió el préstamo. Había sido seis meses atrás. La tienda de abarrotes que tenía en el mercado estaba quebrando, y un amigo le habló de unos señores que prestaban plata rápido, sin tantos requisitos. “Solo al interés normal, compadre. Nada del otro mundo”.
Beto firmó por quince mil. Los intereses crecieron como maleza. En tres meses ya debía treinta. Y cuando no pudo pagar, los intereses se duplicaron. Ahora cincuenta mil. En dólares.
La trampa perfecta. La misma a la que caen cientos de personas todos los días en esta tierra bendita y maldita a la vez.
Beto marcó el número. Lo había memorizado hace años, pero nunca pensó que lo usaría en una situación así.
El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres veces.
—¿Bueno? —dijo una voz al otro lado. Una voz de mujer. Una voz que Beto habría reconocido entre miles.
—¿Mamá? —susurró Beto.
Silencio del otro lado. Luego un suspiro largo.
—¿Beto? ¿Sabes la hora que es? ¿Dónde estás?
—Mamá, escúchame. Necesito que me escuches sin interrumpir, está bien. Necesito que vayas al cajón donde guardas las cosas de papá.
—¿El cajón? ¿Para qué?
—Por favor, mamá. Es cuestión de vida o muerte.
Otro silencio. Más largo esta vez. Beto podía escuchar el corazón de su madre, el mismo que latía bajo el pecho que lo había arrullado de niño, ahora acelerado por la confusión.
—Hijo, papá se murió hace diez años. Lo que había en ese cajón…
—Yo sé lo que hay, mamá. Yo lo puse ahí. La póliza de seguro.
El Licenciado levantó una ceja. Interesante.
Beto continuó, apresurado:
—Son cincuenta mil dólares. Los guardé ahí sin decirte nada. Era para emergencias. Para la casa. Para Daniela.
—Pero si tú me diste esa plata para…
—Ya sé lo que te dije, mamá. Pero la verdad es que no era para la operación. No fue así. —La voz de Beto se quebró por primera vez—. La operación de papá la pagó Carolina con su herencia. Esa plata yo la saqué de la cuenta de emergencias que teníamos con ella.
La respiración de su madre se volvió pesada.
—¿Carolina sabe que hiciste eso?
—No, mamá. Carolina no sabe nada. Y ahora necesito esa plata para no morir esta noche.
El Gordo se despertó de golpe al escuchar la palabra “morir”. El hombre silencioso se movió apenas, como un perro que huele sangre.
—¿Mamá? —insistió Beto—. ¿Sigues ahí?
—Sí, hijito, aquí estoy. —La voz de la madre sonaba lejana, como si estuviera procesando demasiada información al mismo tiempo—. ¿Pero cómo voy a sacar esos documentos yo sola? Esa póliza requiere firma del titular.
—Soy yo el titular, mamá. Pero hay un detalle. Mi firma la tiene que validar un notario. Y el notario que la validó originalmente… era papá.
El Licenciado se levantó de su asiento, de repente interesado en la conversación.
—¿Qué clase de póliza es esa? —preguntó en voz baja.
Beto lo miró, con el teléfono pegado al oído.
—Una póliza de seguros de vida de un banco de los viejos. Cuando papá compró la casa, el banco le ofreció un seguro que pagaba la hipoteca si él moría. Pero cuando papá enfermó, el banco le permitió transferir la póliza a nombre mío, con una firma que él hizo como testigo. Después de que papá murió, nadie tocó esos papeles. Nadie sabía que existían.
—¿Y cuánto vale esa póliza hoy? —preguntó el Licenciado.
—Cincuenta mil dólares —contestó Beto—. El valor nominal de la deuda de la casa. Como si yo hubiera sido el titular desde el principio y la casa fuera mía. La póliza se mantiene activa por treinta años.
El Licenciado sonrió lentamente. Fue una sonrisa fría, calculadora, de alguien que ve una oportunidad de negocio donde otros solo ven una salvación.
—Vas a tener que ir a cobrarla —dijo—. Pero tú no vas a ir solo.
Beto sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que voy a ir contigo. —El Licenciado se ajustó la camisa—. Si esa póliza existe de verdad, vas a entrar al banco, vas a cobrarla, y me vas a entregar el dinero frente a mis ojos. Ni un paso en falso, Roberto. Ni una llamada de más. ¿Entendido?
—¿Y si no existe? —arriesgó Beto—. ¿Y si el banco ya la canceló?
El Licenciado se encogió de hombros como quien recibe una mala noticia pero ya tenía un plan B.
—Entonces, tendremos que buscar otra solución.
La amenaza quedó flotando en el aire, densa como el humo de cigarro que se había acumulado en ese cuarto.
Beto colgó el teléfono y sintió que las piernas le fallaban. No podía creer lo que acababa de pasar. En tres horas, el banco abriría, y él tendría que caminar hasta la ventanilla con un secuestrador al lado, cobrar una póliza que ni siquiera estaba seguro de que siguiera vigente, y entregar cada centavo.
Pero mientras eso pasaba, su mente dio un giro inesperado.
¿Y si no tenía que entregar todo?
¿Y si había una manera de salvar su vida y salvar también a su familia?
Lo que Beto no sabía es que el Licenciado estaba pensando exactamente lo mismo: acelerar la ejecución del muchacho del camión, antes de que nadie pudiera enterarse del contrato.
—Son las seis —dijo el Licenciado mirando su reloj—. En dos horas abre el banco. Ponte de pie. Vamos a arreglarte un poco para que no des lástima frente a los empleados.
El hombre silencioso se acercó con un peine y una camisa limpia. Beto se la puso sobre la ropa sucia que llevaba, sintiendo que con cada prenda que se ponía, la situación se volvía más irreal.
Al salir del cuarto, sintió el aire frío de la mañana en la cara. El cielo empezaba a teñirse de naranja y rosa. Un nuevo día nacía, y para Beto era el día más importante de su vida.
Lo que no sabía es que el banco, al otro lado de la ciudad, había recibido una llamada anónima veinte minutos atrás:
“Recuerde revisar los papeles de la póliza número 4490. Hay un detalle que ustedes pasaron por alto hace diez años.”
Y el destino, que juega con los hilos más invisibles, se estaba riendo en silencio mientras la camioneta arrancaba rumbo al centro, con Beto en el asiento trasero, los ojos del Licenciado clavados en su nuca, y una historia de amor, engaño y redención a punto de estallar en la cara del mundo.
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