Estás en la parte dos: aquí la escena continúa y el momento de la verdad se acerca…
La dueña de la joyería caminó con paso firme hacia Carmen, ignorando el asombro de los empleados, las miradas curiosas de las clientas y la palidez de la mujer del abrigo de piel. Cuando estuvo frente a ella, extendió las manos y tomó las de Carmen entre las suyas, con una ternura que contrastaba con el ambiente de cristal y oro.
—Ay, mi Carmencita —dijo con la voz quebrada por la emoción—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué no me avisaste que ibas a venir? Me habría quitado la junta para estar contigo. Pero aquí estás, y eso es lo que importa. ¿Qué te parece la tienda? ¿Te gusta? La construí pensando en ti, en aquella vez que soñábamos despiertas con joyas que nunca pudimos tener en el pueblo.
Carmen sonrió entre lágrimas. Fue una sonrisa pequeña, avergonzada, pero llena de un amor viejo y profundo.
—Es preciosa, Elena. Más de lo que imaginé —respondió Carmen, con la voz temblorosa—. Solo quería ver algo. Hoy es el cumpleaños de mi hija mayor… tu sobrina nieta. Y quería encontrarle un detalle. Algo bonito, pero con lo que pocos que gano, no sé… me daba ilusión entrar.
Elena la miró con una mezcla de nostalgia y cariño.
—No tienes que explicarme nada —dijo, pasándole una mano por la mejilla—. Aquí todo es tuyo, ¿me entiendes? Todo lo que ves en esta tienda es el fruto de un sueño que empezamos juntas. No habría llegado hasta aquí sin ti. Tú me cuidabas cuando mamá enfermó. Tú me diste tus ahorros para que tomara ese primer bus a la capital. Todo esto —y levantó la mano señalando las vitrinas—, también es tuyo. Estás en tu casa.
Un murmullo recorrió la sala. Patricia miró la escena sin saber dónde esconder su cara. Las clientas comenzaron a susurrar. La mujer del abrigo de piel, que seguía de pie, parecía una estatua de sal. Sus mejillas habían perdido todo su color y sus manos se aferraban a la cartera con tanta fuerza que se le marcaron las venas.
Elena notó la tensión en el ambiente. Su mirada, entrenada durante décadas en el mundo de los negocios, barrió la escena y se detuvo en la postura rígida de la mujer del abrigo. Después posó los ojos en Patricia, que se retorcía las manos nerviosa.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Elena con una calma que era como el preludio de una tormenta—. Carmen, hija, deja que te atienda. ¿Por qué tienes esa cara? ¿Te sentiste mal? ¿Alguien te ha hecho algo?
Carmen tragó saliva. La rabia seguía en su pecho, pero el miedo ya no estaba. Ahora, al lado de su hermana, se sentía fuerte.
—Fue la señora —dijo Carmen con una voz pausada pero firme—. Esa mujer de ahí —y señaló a la del abrigo de piel, que aspiraba aire de golpe—. Me dijo que no debería estar aquí. Que no parezco una clienta. Que debería ir al supermercado. Me humilló delante de todos. Quería comprar un regalo para mi hija, pero ella no me dejó ni mirar.
El rostro de Elena se transformó. La ternura desapareció, reemplazada por una máscara de acero frío. Se volvió lentamente hacia la mujer del abrigo de piel. El silencio en la tienda se hizo tan denso que la caída de un alfiler se habría escuchado como un trueno.
—¿Es cierto esto? —preguntó Elena con una voz que parecía un cuchillo.
La mujer del abrigo de piel forzó una sonrisa nerviosa.
—Mire, directora, fue solo una bromita —balbuceó—. Yo no sabía que era su hermana. Quiero decir, que se ve… bueno, ella vestía tan sencillo que pensé que…
—¿Que qué? ¿Que no tenía derecho a estar aquí? —la interrumpió Elena, dio un paso hacia ella—. Ella no tiene que tener «derecho» para entrar a mi tienda. Es su tienda. Es mi familia. Y usted, señora… —hizo una pausa y la observó de arriba abajo—, ¿quién es usted exactamente para juzgar quién pertenece aquí?
La mujer del abrigo de piel palideció aún más. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido coherente. Intentó excusarse, pero las palabras se le atascaron.
—Yo… yo soy clienta frecuente de esta joyería —logró decir, buscando apoyo en su historial de compras—. He gastado muchísimo dinero aquí. Tengo una relación importante con el establecimiento.
Elena no se inmutó.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Un aplauso? —respondió con sarcasmo—. El dinero que usted gasta aquí no la compra a usted el derecho a maltratar a mi familia. Escúcheme bien, señora —dio otro paso y el tacón resonó como un latido—, esto es lo que va a pasar. Primero: le pide disculpas a mi hermana, y lo hace mirándola a los ojos, con el corazón, sin rodeos. Segundo: sale de mi tienda. Y si quiere quedar en una lista, mire bien su número de clienta porque queda cancelado de forma definitiva. No volverá a pisar este lugar. Ni este ni ningún otro establecimiento que me pertenezca. ¿Está clara?
La mujer del abrigo de piel se quedó congelada, como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Parecía una muñeca rota de porcelana.
—No puede hacer esto —susurró—. He sido una buena clienta.
—La lealtad no se compra con billetes —respondió Elena fría—. Se gana con respeto. Y usted, en los últimos quince minutos, ha demostrado todo lo contrario.
Carmen extendió la mano y tocó el brazo de su hermana.
—Eli, no hace falta tanto —dijo Carmen, con una calma que sorprendió a todos—. Ella no lo sabe, no tenía por qué saberlo. Solo… solo quiero ver el regalo de mi hija. Quiero irme de aquí con algo bonito para ella.
Elena le apretó la mano a su hermana y respiró profundo, como si la ira la hubiera agotado.
—Está bien —dijo Elena suavemente, dirigiéndose a Carmen—. Lo que tú digas. Tú mandas. Ven, te enseño la pieza que le compré a mi sobrina. Incluso tengo una idea… le haremos un descuento especial de «tía millonaria» —y sonrió, pero sus ojos echaban chispas—. Pero primero —volvió a mirar a la mujer del abrigo de piel—, ¿eso que dije se cumple? ¿La disculpa?
La mujer del abrigo de piel tragó saliva. Titubeó, pero finalmente pronunció un «lo siento» entre dientes, apenas audible. Luego, con las piernas flojas y los ojos brillantes por la rabia contenida, se giró y caminó rápidamente hacia la puerta. Nadie le abrió. Patricia, muda, vio cómo la puerta se cerraba detrás de la mujer. Las clientas que seguían en la tienda miraban hacia otro lado, incómodas, sabiendo que habían sido cómplices con sus risitas minutos antes.
Elena suspiró y guio a Carmen hacia la vitrina principal donde brillaba un collar de oro blanco con un zafiro azul en el centro.
—Mira, este es para mi sobrina. Es su cumpleaños número dieciocho, ¿no? —Elena sonrió con nostalgia—. La llamé por video la semana pasada, ella me contó. Me dijo que su mamá era la mejor del mundo. Y tenía razón.
Carmen se llevó la mano al pecho, sintiendo que su corazón latía con una especie de alivio y gratitud que no sabía nombrar. Pero en lo profundo de su ser, algo tibio se expandía, como agua caliente en un cuerpo congelado.
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