La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
—¿Perdón? —la voz de Valeria salió firme, aunque por dentro sentía que el piso se movía bajo sus pies.
La ejecutiva, una mujer de traje impecable y mirada de hielo, dio un paso al frente. El tacón de sus zapatos marcó un golpe seco contra el mármol del piso, como un látigo que anunciaba lo que venía.
—Dije que te arrodilles y recojas eso. Ahora.
Valeria miró el desorden: las carpetas esparcidas por el suelo, las hojas blancas que parecían nieve artificial regada sobre la alfombra gris. Había sido un accidente, claro. Un tropiezo absurdo, de esos que pasan cuando cargas demasiado y el mundo decide ponerte una zancadilla. Pero para la señora Madrigal, la directora de operaciones, no había accidentes: solo errores que debían pagarse con sangre.
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