Ya viste el principio de esta pesadilla, y ahora estás a punto de descubrir que la historia real apenas comenzaba. ¿Crees que un hombre atado a una silla, con la muerte rondándole los pies, tiene alguna oportunidad? Pues quédate, porque lo que sigue va a romperte el corazón y volver a armártelo.
El cuarto olía a humedad, a cigarro barato y a miedo. No un miedo cualquiera: ese miedo que se siente en los huesos cuando sabes que el tiempo se te acabó. La silla de madera crujió cuando el hombre intentó moverse, buscando una posición que le aliviara los brazos entumecidos, pero las cuerdas estaban bien apretadas. Tan apretadas que ya habían dejado marcas moradas en sus muñecas.
Se llamaba Roberto Fuentes, pero todos le decían Beto. Cuarenta y dos años, una esposa llamada Carolina que llevaba veinte años aguantándole las malas decisiones, y una hija de quince, Daniela, que era la razón por la que su corazón seguía latiendo aunque todo a su alrededor gritara lo contrario.
—¿Sabes qué hora es, Beto? —preguntó una voz desde la penumbra.
El hombre que hablaba se llamaba Eladio, pero en el barrio le decían el Gordo porque pesaba más de ciento veinte kilos y su panza sobresalía como un globo bajo la camisa sudada. Tenía los dedos gordos llenos de anillos de oro falso, y un tic nervioso en el ojo izquierdo que delataba que él tampoco quería estar ahí.
—Déjame ir, Gordo. Yo consigo el dinero. Solo necesito tiempo.
—Tiempo no es lo que te sobra, compadre. Me debes cincuenta mil desde hace tres meses. Tiempo fue lo que te dimos, y tú nos diste puras excusas.
Beto bajó la cabeza. Era cierto. No podía negar nada. Los préstamos de esos hombres nunca terminan bien. Todo el mundo lo sabe. Pero uno siempre piensa que a uno no le va a tocar. Uno siempre cree que va a poder salir del hoyo antes de que lleguen a cobrar.
Pero el hoyo se hizo más profundo, y la tierra comenzó a caerle encima.
En la otra esquina del cuarto, acostado en un sillón destartalado, otro hombre lo observaba sin decir palabra. Era delgado, de rostro anguloso y ojos negros que no parpadeaban con frecuencia normal. Le decían el Licenciado, aunque nadie sabía si en verdad había estudiado leyes o si el apodo era solo parte de la fachada. Él era el cerebro. El que tomaba las decisiones importantes.
Eran las dos de la mañana cuando el Licenciado finalmente habló:
—Te voy a decir algo que quizás no sabes, Roberto. El sábado a las nueve de la noche, va a llegar aquí un camión. En ese camión va un muchacho de veintidós años que nos asaltó una bodega. Lo vamos a llevar al monte, y allí va a cavar su propia fosa. —El Licenciado se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. ¿Sabes por qué te cuento esto?
Beto tragó saliva. Tenía la boca seca como papel lija.
—Porque quiero que entiendas que esto no es un juego. Ese muchacho va a morir el sábado, pague o no pague. Pero tú tienes una ventaja que él no tiene: tú puedes evitarlo.
La respiración de Beto se aceleró. El sudor le corría por la frente hasta gotear en sus ojos, pero no podía limpiárselo.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó con la voz quebrada.
—Tienes hasta el viernes a medianoche para entregarme cincuenta mil dólares. No pesos. Dólares. —El Licenciado sacó un teléfono del bolsillo y lo puso sobre la mesa frente a Beto—. Tienes una llamada disponible. Un solo número. Úsala bien.
Beto miró el teléfono como quien mira una bomba de tiempo. Su mente corría a mil por hora. ¿A quién llamar? No tenía familia con ese dinero. Sus amigos eran gente trabajadora, gente que apenas llegaba a fin de mes. No había nadie en su vida que pudiera conseguir cincuenta mil dólares en menos de tres días.
Excepto…
Su corazón dio un vuelco.
—¿Y si el número que marco ya no existe? —preguntó, casi sin atreverse.
El Licenciado sonrió, y esa sonrisa era peor que cualquier amenaza.
—Eso, mi amigo, tendrías que resolverlo con tu conciencia.
Pasaron diez minutos en silencio. El Gordo se comió una bolsa de papas fritas, aplastándolas una a una entre sus dedos grasientos. El otro hombre que estaba en el sillón seguía mirando fijamente a Beto, sin moverse, sin emitir palabra. Era como tener a un buitre esperando a que el animal agonizante exhalara el último aliento.
Y entonces, en el momento más oscuro de aquella madrugada, Beto levantó la vista y miró directamente a la cámara que estaba escondida en el ángulo del techo. Miró a través de ella, como si pudiera traspasar la pantalla y llegar a los ojos de quien lo estuviera leyendo en ese instante.
—Si estás viendo esto, si llegaste hasta aquí conmigo… —su voz se quebró—. Prometí que íbamos a conocer el final de esta historia juntos. Y voy a cumplir.
El Gordo se rio, confundido.
—¿Con quién hablas, Beto? ¿Perdiste la cabeza?
—Quizás sí —respondió Beto, con una calma extraña que no había sentido antes—. Quizás es lo único que me queda.
Lo que Beto no sabía, lo que nadie en aquel cuarto sabía, era que esa llamada que estaba a punto de hacer cambiaría el destino de todos ellos de maneras que ni el más experimentado de los hombres podía predecir.
Y lo que yo tampoco te he contado todavía, apreciado lector que llegaste hasta esta página desde la historia que viste, es que dentro de esa llamada está la clave de todo.
Pero eso, como dicen, viene en la siguiente parte.
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